"CAPACITAR TAMBIÉN ES CONTAR CON EL ARTE DEL ACOMPAÑAMIENTO"


En capacitación únicamente en situaciones de necesidad se pide su apoyo profesional a los expertos. Ellos no guían y controlan los progresos en el aprendizaje, sino que a lo sumo los acompañan por un trecho más.
Es demasiado grande la cantidad de clases en las que lo que se enseña es más importante que quien aprende.
Como indica la etimología griega original, el método sólo puede ser un camino: hacia un mayor conocimiento que en correspondencia trae nuevas preguntas – búsqueda, rodeo, movimiento. La búsqueda común tiene que ver con fines comunes y con la decisión de qué camino quiere uno tomar hacia esos fines.
Al marchar en común con alguien por un camino, denominamos acompañamiento. El acompañamiento presupone que quien se deja acompañar sepa adónde quiere ir, aunque haya pausas y rodeos. No es el acompañante quien determina la meta y la velocidad – a no ser que se trate de un funcionario de ejecución penal que conduce a un reo. Únicamente puedo acompañar a aquel que quiere emprender el camino y que me acepta como acompañante.
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 “Mortíferas” son todas las actividades docentes, de atención y planeamiento en que la enseñanza es más importante que la persona que aprende y en que de antemano están fijados los resultados. Esta forma de adoctrinamiento nos recuerda el problema de quien aburre a muerte. Despedirse del planeamiento, adoctrinamiento y atención mortíferas significa despedirse de viejas concepciones de seguridad, de la pretensión de infalibilidad del maestro, de su temor ante la crítica pública, del pensamiento consumista y provisor de quienes aprenden. Significa despedirse de los procedimientos que brindan un forraje intelectual, en el cual nadie pregunta por el hambre de las personas a las que se nutre.
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El arte del acompañamiento vive de la dialéctica del desarrollo autónomo: simultáneamente vigorizando y aquietando, exigiendo y calmando, estructurando y transgrediendo todas las limitaciones. Cada uno de los participantes es alumno y maestro a la vez, a veces asociando en forma dogmática y a veces en forma libre. Se puede aprender ese arte, no como una técnica mágica, sino cumpliendo una interacción práctica consciente. En tanto “fuerza superior”, en tanto “paciencia impaciencia”, el arte del acompañamiento no es un método, sino una actitud que vive del diálogo y de que el progreso del uno hace vivenciar el cambio del otro.
Cada uno de nosotros se experimenta como sujeto u objeto del acompañamiento en muchas situaciones diarias triviales y que no siempre acarrean felicidad.
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El antimodelo de la escuela de adultos, una formación de adultos que responde por sí misma y se determina a sí misma, que se juega íntegramente apostando a lo fuerza de los participantes, pone a todos éstos ante roles exigentes que en un principio son percibidos como amenazadores. En cualquier caso, el ritual profundamente interiorizado de la enseñanza escolar ofrecía la seguridad de lo acostumbrado. Rituales nuevos, o sea nuevos rituales de seguridad, tienen que ser repensados y elaborados contra obstáculos externos y sobre todo internos.
Si como guía me he decidido a estimular a otros a un aprendizaje que se determina a sí mismo, mi mayor esfuerzo habrá de consistir en atraer al grupo de la postura de consumidores pasivos que sólo buscan un entretenimiento y en dar ánimos a los participantes para tener confianza en el pensamiento y sentimientos propios.
En tanto acompañante no debo desempeñar el rol paternal protector de niños protegidos, sino el de estimulador y de perturbador intelectual.
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Cuando llega el día y comienzo a trabajar en el proyecto con la gente, sé que era falso todo aquello que había preparado y empleo el resto del tiempo en corregirlo. Todo plan tiene que ser falso, pues nunca se puede conocer todos sus factores y tampoco se puede prever con exactitud el proceso resultante de la multiplicidad de acontecimientos entre diferentes hombres y situaciones...
Hay que planificar con todos los hechos y probabilidades conocidos, y hay que estar abiertos para percibir el aquí y ahora del proceso a fin de poder efectuar las predisposiciones necesarias. Una planificación rígida y la falta de plan son por igual inutilizables.
Se puede planificar un paseo. Podemos evaluar eventualmente el tiempo necesario, la meta, los trechos, el clima, la composición de los grupos. Lo que en cambio no podemos evaluar son las ganas de pasear y la carga de los participantes, acontecimientos inesperados, la dirección y la intensidad de las conversaciones en el camino. Todo grupo desarrolla una dinámica distinta, sigue sus propias leyes, de modo que toda actuación encaminada hacia el aprendizaje tiene que quedar como un experimento didáctico y social abierto en cuyo curso hay que resolver problemas nuevos.
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¿Qué debo hacer cuando un grupo se ha preparado superficialmente y los demás participantes en una clase de seminario se dan por satisfechos con resultados insignificantes, dejando de advertir puntos de vista que son esenciales según el nivel de mis conocimientos y de mis apreciaciones? ¿Debo aceptar los resultados elaborados por el grupo y valorizar más el proceso grupal autónomos que resultados de contenidos que sean satisfactorios? ¿No debo poner al servicio de quienes aprenden mi conocimiento sobre el tema, mi profesionalismo? ¿Cómo debo traer a colación mi supremacía profesional de modo que no desencadene en los alumnos sentimientos de inferioridad, sino un compromiso emocional y objetivo?
Como fuera que se produzca las decisiones correspondientes, el acompañante debe hablarles y ponerlos en el contexto del compromiso de trabajo desde su propia perspectiva.
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En tanto organizador del proceso de aprendizaje de adultos yo no soy responsable de su bienestar. Todos los miembros del grupo son competentes de su propio quehacer Todos tienen que cumplir ellos mismos el rol que han asumido. Si tienen éxito o fracasan en el proceso del aprendizaje es asunto de ellos. Únicamente soy responsable de mi propio rol y por el hecho de que en el momento y el lugar correctos perturbe, inquiete, ocasione que la gente piense y se cuestione.
Todo esto es difícil para ambas partes: el aprendiz tiene que asumir un nuevo rol diametralmente opuesto al aprendido por siglos de ser alumno. Tiene que renunciar a sus ideas sobre la omnipotencia del experto. De otro lado el experto tiene que liberarse de la presión (imaginada) de tener que ofrecer una respuesta a toda pregunta, y sobre todo de conocer un gesto consolador y una estrategia salvadora para cada cual.
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El acompañante trata de volver a infundir curiosidad a los adultos. A través de la confrontación de situaciones contradictorias demanda preguntas independientes. A su vez él se ejercita en un preguntar atento y activo por cuyo medio incita a preguntas inseguras y de tanteo. Alimenta en quienes aprenden la impaciencia de no darse por satisfechos con las respuestas que se ha indagado y de querer seguir buscando. No sólo se mueve en el campo de un saber sistemáticamente esclarecido, sino que exige preguntas a las que él mismo no conoce todavía ninguna respuesta.
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El dolor de la separación es muy grande. La nueva tarea de estar solo, soportarlo, encontrarlo inclusive como una aspiración digna, es difícil. Avancé con un sentimiento de fuerza, de existir por otros, de ser útil, y he aquí que lo contrario es el caso: “Lo que les puedo proporcionar, se lo dan unos a otros”. ¿Qué puedo hacer mejor que el grupo? ¿Es pues un bluff el estatuto fatigosamente alcanzado de experto, es algo que sólo aparecen en el papel? De otro lado: ya que ahora marcha todo bien en el grupo, ¿por qué me excluyen? ¡Yo también quiero participar en el sentimiento de un nuevo “nosotros”! ¡Yo también quiero ser gratificado emocionalmente!
Es mi tarea estar ahí, apoyar sin tutelar, tomar los mecanismos de autodefensa del grupo no como barricadas sino como indicaciones de fragilidad, no tener demasiadas expectativas, sino confiar en el flujo del diálogo, fortaleciendo aquí y exigiendo allá. Todo esto constituye una chance también para mí: dejarme exigir y entusiasmar al reunirme con los otros preguntarme: ¿qué reciben de mí? ¿qué deben recibir de mí? ¿Qué es lo que yo exijo del grupo cuando se me une? ¿qué es lo que exigen de mí algunos miembros activos del grupo?, ¿qué es lo que quiero satisfacer con respecto a estas exigencias?, ¿qué cosa no?, ¿dónde estoy dispuesto a darles algo más?,
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La disposición a retraerse en forma parcial o íntegra, choca con la arraigada pretensión que se formula a sí misma la persona que presta ayuda de ser el centro del acontecimiento, que se siente necesitada por todos, indispensable y que es socialmente estimada por todos en razón de su saber, de su forma de ser humana y de su personalidad. Contra toda desconfianza en el aprendiz, el guía como acompañante apuesta a favor de la confianza y de la creatividad productiva. Intenta hacer convergir el pensamiento y la vivencia a fin de involucrar a quienes aprenden y a quienes enseñan en tanto hombres totales. A cambio de esa franqueza tiene que pagar un precio: corre riesgos mayores y no tiene en cuenta las necesidades de seguridad y de asegurarse en el trabajo abierto como sucede en la concepción cerrada de la enseñanza.
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Únicamente cuando el maestro se mantiene abierto para aprender de encuentros y vivencias, que sólo se transforman en experiencias gracias a la reflexión, únicamente entonces adviene y permanece él mismo en movimiento. Únicamente quien admite su propia debilidad y discute con ella, puede desarrollar fuerza y vigor Para recuperarse es necesario retraerse, pues un banco que únicamente haga pagos y que no reciba nada está condenado a la quiebra”



Ideas tomadas de Erhard Meueler en "El arte del acompañamiento, una contribución a la formación de adultos", Instituto de colaboración Científica Tubingen.




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